sábado, 5 de julio de 2025

La perla de John Steinbeck: Una historia sencilla, profunda y desgarradora que trasciende su tiempo

En esta entrega haremos una breve reseña de la novela "La Perla" de John Steinbeck, escrita en 1947 pero aun vigente. El propósito es completar el primer abordaje que hicimos unos años ha. 

Cuando uno abre las primeras páginas de La perla, se sumerge sin quererlo en un mundo cálido y remoto, donde la arena cruje bajo los pies, el mar se convierte en espejo de esperanzas y la pobreza no es una anécdota, sino el entorno natural de los personajes. Steinbeck, con su prosa serena y sin adornos, nos lleva al corazón de una historia que parece simple en la superficie, pero que encierra una poderosa reflexión sobre la ambición, la codicia y la tragedia del alma humana. 

Los protagonistas: una familia en equilibrio frágil 
Al centro de esta historia están Kino, un humilde pescador de origen indígena, su esposa Juana y su pequeño hijo Coyotito. Viven en una choza de ramas, con escasos bienes materiales pero cierta armonía. Hay en ellos una conexión silenciosa, una rutina marcada por la naturaleza y la supervivencia. Todo parece funcionar bajo un equilibrio ancestral, hasta que un evento cambia el curso de sus vidas: la mordedura de un escorpión a su hijo. Desde ese momento, la desesperación se apodera de Kino. Los ricos doctores de la ciudad cercana desprecian su pobreza y se niegan a curar al niño. Esto no solo le duele, sino que hiere su dignidad. Es entonces cuando ocurre lo inesperado: Kino encuentra una enorme perla en el mar, "la perla más grande del mundo", una joya tan perfecta que parece obra de dioses. Con ella, cree que podrá salvar a Coyotito, enviarlo a la escuela, comprar ropa nueva y, por primera vez, dejar atrás la miseria. 
La perla como símbolo: ¿salvación o maldición? 
La perla aparece como un regalo divino, un milagro. Pero pronto se convierte en el centro de todos los males. En el pueblo corre la noticia y aflora la codicia: todos quieren sacar ventaja de Kino. El doctor que antes lo rechazó ahora le ofrece ayuda, los compradores de perlas intentan engañarlo pagándole una miseria, y por las noches comienzan a merodear ladrones alrededor de su choza. Lo más doloroso es que la perla no solo genera peligro externo; también transforma el corazón de Kino. Lo que al principio era esperanza se convierte en obsesión. Se ciega, se niega a desprenderse de ella incluso cuando Juana —sabia, intuitiva, maternal— le ruega que la tire al mar. La escena en que Juana trata de devolverla al océano y Kino la detiene violentamente marca un antes y un después en su relación: el símbolo de salvación se ha convertido en instrumento de ruina. Steinbeck aquí nos lanza una pregunta fundamental: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por cambiar nuestro destino? 
La violencia que brota de la ambición 
La segunda mitad de la novela es una caída imparable. Kino mata a un hombre en defensa propia, su choza es incendiada y la familia debe huir a la sierra. Con ellos llevan la perla, que ahora no es más que un peso oscuro, una presencia ominosa que atrae muerte. Los perseguidores que los acosan en las montañas representan la avaricia sin rostro, la violencia desatada por la ambición. La naturaleza que antes parecía protectora —el mar, la arena, el canto de los grillos— se vuelve hostil. Y al final, ocurre lo impensable: Coyotito muere por una bala de los rastreadores, confundido con un animal. Kino regresa al pueblo con Juana, en silencio, llevando el cuerpo de su hijo. Van juntos, pero ya no son los mismos. El acto final es inolvidable: Kino arroja la perla al mar con todas sus fuerzas. El agua la traga, sin hacer apenas ruido. Es una escena despojada de palabras, pero cargada de simbolismo. Renunciar a la perla es reconocer que el sueño fue un espejismo, que la vida no se puede torcer a fuerza de deseo. 
El mensaje de Steinbeck: una parábola sobre la condición humana 
Aunque La perla es breve, casi un cuento largo, su densidad emocional y simbólica es enorme. Steinbeck, que siempre escribió desde la compasión por los oprimidos, aquí construye una parábola universal. La novela está inspirada en una leyenda mexicana, pero habla de algo profundo y común a todos los pueblos: el deseo de escapar del destino, la ilusión de que un golpe de suerte puede redimirnos y la tragedia que nace cuando olvidamos lo esencial. La avaricia no es patrimonio de los ricos. Kino, sin darse cuenta, se va pareciendo cada vez más a los poderosos que tanto desprecia. Quiere proteger a su familia, sí, pero también quiere venganza, quiere poder, quiere reconocimiento. Steinbeck no lo juzga; lo presenta con humanidad: como un hombre bueno atrapado por un sueño demasiado grande. Juana, en cambio, representa la sabiduría ancestral, la conexión con la tierra, el instinto de preservación. Es ella quien entiende que hay que soltar lo que daña, aunque parezca valioso. Su fuerza callada, su lealtad dolorosa, la convierten en uno de los personajes femeninos más conmovedores del autor. 
Una historia que trasciende su tiempo: La actualidad de La perla 
Aunque La perla fue escrita en 1947, lo asombroso —y quizá lo más inquietante— es cuán vigente sigue siendo. La historia de Kino y su familia resuena hoy porque el dilema central que enfrenta no ha desaparecido: millones de personas en el mundo aún viven atrapadas entre la pobreza, la desigualdad de oportunidades y el espejismo de que un golpe de suerte puede ser su redención. 
Desigualdad social y económica 
Hoy, como en el mundo de Kino, el acceso a la salud, la educación y los servicios básicos sigue estando marcado por la brecha entre quienes tienen y quienes no. En muchas regiones, las decisiones de vida o muerte —como curar a un hijo— dependen del dinero disponible, no del derecho universal. La escena en que el médico rechaza atender a Coyotito por ser pobre no es solo una crítica del pasado; es un espejo de un sistema aún profundamente injusto. La perla simboliza ese sueño de ascenso que muchos persiguen cuando el sistema no les ofrece otro camino. En la actualidad, ese símbolo puede tomar otras formas: una lotería, un contrato deportivo, volverse viral en redes sociales o encontrar “el negocio del siglo”. La esperanza no está mal, pero Steinbeck nos advierte que esa búsqueda puede cegarnos si no estamos atentos a lo que sacrificamos en el camino. 
Codicia y manipulación 
El modo en que los compradores de perlas intentan manipular a Kino —poniéndose de acuerdo para ofrecerle precios ridículamente bajos— muestra una lógica de poder que aún persiste. Hoy se refleja en cómo grandes corporaciones se aprovechan de pequeños productores, cómo se concentran las riquezas en manos de pocos, o en la forma en que algunos sistemas económicos están diseñados para mantener el control sobre los más vulnerables. Incluso la figura del doctor que finge compasión cuando aparece la posibilidad de riqueza tiene su eco hoy: en quienes se acercan solo cuando hay algo que ganar, disfrazando su interés personal como ayuda. 
El sueño del éxito instantáneo
En la era digital, el mito del “éxito relámpago” se ha amplificado. Las redes sociales, la cultura del influencer y la obsesión con “hacerse rico rápido” nos han dado nuevas versiones de la perla. Hoy, más que nunca, se impulsa la idea de que basta un golpe de suerte para cambiarlo todo, y muchas personas construyen sus vidas —o las pierden— persiguiendo ese sueño. Como Kino, corremos el riesgo de caer en la trampa: creer que la felicidad y la dignidad están atadas al éxito material, cuando en realidad pueden estar en lo sencillo, en lo que ya tenemos y no valoramos. 
Pérdida de valores y desintegración del tejido familiar
Lo más desgarrador de La perla es cómo el sueño de Kino termina destruyendo justamente aquello que quería proteger. El conflicto entre él y Juana, la pérdida de la conexión con su comunidad y, finalmente, la muerte de su hijo son consecuencias de haber dado prioridad al símbolo de riqueza por encima del amor y el sentido común. Hoy también vemos cómo el afán de éxito puede romper relaciones, corromper ideales y dejar a las personas más solas que antes. El precio del “progreso”, si no se acompaña de humanidad y equilibrio, puede ser demasiado alto. 
Sabiduría ancestral vs. modernidad ciega 
Juana representa esa voz callada pero firme que nos recuerda que no todo lo nuevo es mejor. Ella ve antes que nadie que la perla trae desgracia. Su instinto, su conexión con la tierra y con los ciclos naturales, es una fuerza que hoy hemos perdido en muchas partes del mundo. En tiempos de crisis ecológica y de desconexión espiritual, su figura se vuelve especialmente relevante. Steinbeck no nos dice que renunciemos a mejorar nuestras vidas, sino que escuchemos más a esas voces interiores que saben distinguir lo valioso de lo destructivo. En esa dicotomía entre lo que brilla y lo que nutre hay una lección urgente para nosotros. 
Una advertencia que sigue viva
La perla no es solo una historia triste: es una advertencia poética y feroz. Steinbeck nos recuerda que la esperanza es hermosa, pero debe ir acompañada de sabiduría. Que la dignidad no se compra, se vive. Y que la riqueza verdadera, muchas veces, está en lo que damos por sentado. Tal vez el gesto final de Kino —arrojar la perla al mar— sea más contemporáneo que nunca. Porque vivimos en una época donde saber soltar es tan importante como saber desear. Soltar expectativas impuestas, ideales vacíos, objetos que nos poseen más de lo que los poseemos. La historia de Kino y Juana, aunque enmarcada en un contexto específico, resuena con las luchas y aspiraciones de la humanidad a lo largo del tiempo, recordándonos la fragilidad de nuestros sueños y la importancia de valorar lo que realmente importa. 

Publicado por VICENS VIVES,, Barcelona, 2000 ISBN 10: 8431634790 / ISBN 13: 9788431634797 Idioma: Español

domingo, 27 de agosto de 2023

¿ A quién vamos a dejar morir?

¿Qué harías si te dijeran que tienes que elegir entre salvar la vida de una persona o la de otra? ¿Qué criterios usarías para tomar esa decisión? ¿Qué consecuencias tendría tu elección para ti y para los demás? Estas son algunas de las preguntas que plantea Javier Padilla en su libro ¿A quién vamos a dejar morir? Sanidad pública, crisis y la importancia de lo político, un ensayo que analiza el impacto de la crisis económica y social en el sistema sanitario español, y que reflexiona sobre el papel de la política en la defensa de la salud como un derecho humano. El libro se divide en cuatro partes: la primera parte explica el origen y el desarrollo de la sanidad pública en España, desde sus antecedentes históricos hasta la actualidad; la segunda parte describe los efectos de la crisis y los recortes en la calidad y la equidad de los servicios de salud, así como en las condiciones laborales y profesionales del personal sanitario; la tercera parte analiza las diferentes formas de resistencia y movilización social que se han generado en defensa de la sanidad pública, tanto desde dentro como desde fuera del sistema; y la cuarta parte propone una serie de alternativas y soluciones para mejorar el sistema sanitario, basadas en los principios de universalidad, solidaridad, participación y transparencia. El ensayo es una obra rigurosa, documentada y crítica, pero también es una obra apasionada, comprometida y esperanzadora. El autor es Javier Padilla, médico de familia y activista por el derecho a la salud, que combina su experiencia profesional con su visión política, y que escribe con un estilo claro, directo y ameno. El libro está dirigido a un público amplio y diverso, que quiera conocer mejor el funcionamiento y los problemas del sistema sanitario español, y que quiera participar en su transformación. Padilla reivindica la necesidad de discriminar entre salud y sanidad, entendiendo que la salud es un bien colectivo que depende de múltiples determinantes sociales, como la educación, el empleo, el medio ambiente o la cultura, y que la sanidad es el conjunto de recursos e intervenciones que se destinan a proteger y mejorar la salud. El libro defiende que la sanidad pública debe ser un espacio de participación ciudadana, de democracia deliberativa y de justicia social, donde se garantice el acceso universal, la solidaridad y la redistribución de la riqueza. El texto también hace visible el valor que tiene un buen sistema sanitario de aseguramiento, donde coexistan operadores públicos y privados, pero donde se regule el mercado para evitar el lucro, la corrupción y la segmentación. El libro propone que el sistema sanitario debe abordar las desigualdades sociales en salud, reconociendo la diversidad y las necesidades específicas de los diferentes grupos poblacionales, y promoviendo políticas intersectoriales que mejoren las condiciones de vida y trabajo de las personas. Por último, el libro de Padilla es una invitación a reflexionar sobre el proceso de reforma a la salud que se implementa en Colombia, donde se busca defenestrar al sistema general de seguridad social en salud (SGSSS), donde pese a los evidentes avances en la coberturas y contenidos del plan de beneficios, aún persisten los problemas de acceso, calidad, financiación y gobernabilidad. Padilla nos plantea el desafío de construir un sistema sanitario más justo, más humano y sostenible, donde no haya que dejar morir a nadie por falta de recursos o por falta de voluntad política. Bibliografía: Javier Padilla. ¿A quién vamos a dejar morir? Sanidad pública, crisis y la importancia de lo político. Editorial: Capitán Swing. Año de publicación: 2019. ISBN: 978-84-120644-2-1. Número de páginas: 167.

viernes, 20 de enero de 2017

¡Defendamos el Agua e Panela!

"Soy costeña, baranquillerísima y he tomado agua de panela durante las cuatro décadas y pico de mi existencia. Considero que el agua de panela es bebida nacional y cada región la prepara y consume según el gusto de cada quien. 
Me llama la atención la información que rueda por redes sociales sobre el costo de una agua de panela caliente en una reconocida cafetería del país que tiene asiento en Quilla. 
Yo me pregunto: ¿Uno va a una cafetetería a tomar agua de panela? O sea, ¿Un costeño va a una cafetearía a tomar agua de panela caliente? Mis raíces y crianza siempre me han llevado a la lógica de que el agua de panela va acompañado de un buen sancocho, pastel, arroz con pollo o cualquier buen almuerzo de esos que sabemos darnos por estas tierras. 
En otras circunstancias un buen vaso de agua de panela cae de perla cuando uno está fatigado, con mucha sed y quiere recargar energía. En ese caso uno se toma un gran vaso con buen hielo y buen limón. Eso es en esencia un agua de panela costeña decente. 
Es entendible y completamente respetable que en esta metropoli costeña mucho "cachaco" se tome su aguita de panela caliente como lo tomaban en su Bogotá del alma. Hasta YO ME TOMADO UNA, PERO ACLARO, SOLO CUANDO TENGO CUARENTA GRADOS DE FIEBRE Y ME ESTA MATANDO ALGUNA DE LAS VIROSIS QUE CIRCULAN POR ESTOS LARES. Pero no me digan, queridos coterráneos, que se sienten estafados porque en una CAFETERÍA, les cobraron 4.300 pesos por un vasito de 4 onzas que fue hecho para servir café y no agua de panela, que entre otras cosas no fue hecha como Dios manda, porque me imagino que es de máquina con panela molida o en polvo y que se aleja de lo que realmente es este preciado líquido para nosotros los costeños. 
La globalización y la tecnología dan para todo, pero por Dios, salvemos el agua de panela. Démosle su lugar honroso en ,mesas de hogares , restaurantes de comida criolla, en paseos y sancochos de patio y dejémosle ese "nueva bebida", carísima por demás, a los que creen que es la putería china tomar ese bebedizo aberrante que atenta contra nuestras costumbres caribes y que sean los cundiboyacenses quienes paguen y se deleiten con ella. Y si te enfermeaste y como yo, quieres una agua de panela caliente, haztela en tu casa que no hay como el agua de panela hecha por mamá, abuela o tía. Esa viene con todo el amor y sin el 19% de IVA. No seamos fartos."

Margarita Mendoza vía Facebook
@marguymendoza 

domingo, 2 de octubre de 2016

Sobre la paz, la tolerancia y el respeto.

Ahora que truenan graves amenazas sobre la estabilidad de nuestro país, surge el anhelo colectivo por la paz, que unos buscan a través de una fuerte justica punitiva y otros con un hacer borrón y cuenta nueva y otros sencillamente permanecen indiferentes frente a los hechos.
Son pocos, sin embargo, los que van más allá y comprenden que la paz hay que conquistarla primero en uno mismo. La paz social está aún muy lejana y sólo se producirá cuando el corazón de los hombres se sosiegue en el equilibrio de sus pasiones, casi siempre mezquinas.
La paz es algo más que ausencia de guerra. La paz es una virtud. La paz es un estado mental. Es una experiencia individual en la que la conciencia se sitúa en el centro de sí misma tras trascender las tempestades de la mente. Es el ojo del huracán. La paz es la disposición al amor, a la honestidad y a la confiabilidad. La paz empieza en nosotros mismos y en esta existencia moderna es habitual olvidarnos de que ese estado de tranquilidad empieza en nuestro interior y desde ahí se refleja fuera.
No es suficiente gritar en las calles, ni llevar calcomanías, ni postear cometarios desobligantes, e imágenes en la redes sociales para detener la ley inexorable de la relación causa-efecto. Todo buen pacifista debe comprender claramente que la causa última que arrastra a los hombres al conflicto, al enfrentamiento y, finalmente, a la guerra es el egoísmo y sus secuelas, la intolerancia, el orgullo y la ambición.
La paz social, hoy, parece una utopía. No lo es, sin embargo, la paz individual, como no lo ha sido nunca. A lo largo del proceso de evolución de la humanidad ha habido hombres y mujeres que han logrado situar su conciencia en ese ojo del huracán de las pasiones humanas. En nuestra cultura se les conoce como santos, vocablo derivado, en última instancia, del sánscrito Shanti, que quiere decir paz. Fueron hombres que lograron la paz y a quienes las bárbaras acciones de sus contemporáneos no lograron encender.
En nuestros días, la dinámica de los acontecimientos ha desbordado todo control y nos arrastra vertiginosamente. El ominoso fragor de la cascada retumba cada vez más cercano.
Es, pues, el momento de que los amantes de la paz miren hacia adentro y descubran que esta vive en sus corazones y no en las calles, ni en los muros o timelines de sus redes sociales
No debe ser el terror a los horrores de la guerra la fuerza que mueva el ánimo de los pacifistas, sino la constatación y el deseo de compartir una experiencia interior que ellos ya poseen.
Del mismo modo que el resplandor de la luna es un reflejo de la luz del sol, la paz externa es solamente un reflejo de la paz interna. Para que un árbol crezca es preciso alimentar su raíz. No tiene objeto mojar, una a una, todas sus hojas. Del mismo modo, si queremos extender la paz en nuestro país,  de nada servirá crear un orden artificial externo, sino que se impone establecerla primero en las mismas raíces del individuo. No hay que olvidar que la semilla que hoy sembraremos, será el fruto que mañana recojamos.
La paz hay que conquistarla dentro, no fuera. Los verdaderos enemigos de la paz son las pasiones, la cólera, la avaricia, la ambición, los deseos, la envidia, el orgullo, la mezquindad, los celos y el irrespeto que empujan constantemente al hombre a acciones violentas, cegándole a toda razón.
Por supuesto que hay que trabajar y contribuir al desarrollo de la sociedad. La diferencia está en hacerlo con una mente en calma o con el desasosiego y la inquietud de quien acumula tensiones y agresividad. 
La paz es un atributo divino, espiritual. Es una cualidad que reside en lo más profundo de nuestro ser.
Todo el mundo desea la paz y la reclama. Pero ésta no llega fácilmente. E incluso, cuando lo hace, no dura mucho tiempo.
Nada puede proporcionarte la paz sino tú mismo. Nada puede proporcionarte la paz sino la victoria sobre tu ser inferior, el triunfo sobre tus sentidos y tu mente, sobre tus deseos y tus anhelos. Si no tienes paz dentro de ti mismo, es inútil que la busques en los objetos y fuentes externas y mucho menos se la reclames a los otros.
La paz es la posesión más necesaria de esta tierra. Es el mayor tesoro en todo el universo. La paz es el factor más importante e indispensable para todo crecimiento y desarrollo. 
Refórmate a ti mismo y la sociedad se reformará por sí sola. Empieza hoy por respetar las decisiones de tus amigos y familiares sobre el plebiscito por la paz. Comprende que la riqueza de una familia, de un país, de una sociedad está en la diferencia. Tengo amigos y familiares muy queridos que el día de hoy votarán por el SI, otros también muy queridos lo harán por el NO y algunos otros se abstendrán. Sin embargo todos ellos tienen claro mi afecto incondicional y mi respeto absoluto por su decisión, aun cuando sea distinta de la mía.
Prefiero ACEPTAR Y RESPETAR en lugar de TOLERAR. La tolerancia es una palabra pretenciosa, arribista que conlleva la idea de superioridad frente al otro.
Respetar es aceptar que el otro tiene otras metas, otras inquietudes, otras necesidades, otras prioridades, además de otro acervo cultural, otra ideología. Y que sus opiniones, decisiones, inquietudes y cultura son tan válidas como la nuestra.
Tolerar, por el contario, es permanecer en una lucha continua, entre lo que pensamos que está mal en el otro, y lo que debemos “defender” en nuestra vida ante el otro.
Es preferible cambiar la tolerancia, por la aceptación y el respeto total y pleno de la diversidad que hay en los demás. Respetar las diferencias, aprender de las diferencias, crecer gracias a las diferencias. Siempre es mejor decir o escuchar: “Yo te respeto” a decir o escuchar: “Yo te tolero”
Comencemos entonces recordando que el gran principio de la sabiduría es aceptar, respetar y comprender que hay otras opiniones y otros puntos de vista. Solo así construiremos de verdad, una paz estable y duradera.



miércoles, 31 de agosto de 2016

Todo hijo es padre de la muerte de su padre

"Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre.
Es cuando el padre se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Lento, lento, impreciso.
Es cuando uno de los padres que te tomó con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo. Es cuando el padre, una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar.
Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy solo suspira, solo gime, y busca dónde está la puerta y la ventana - todo corredor ahora está lejos.
Es cuando uno de los padres antes dispuesto y trabajador fracasa en ponerse su propia ropa y no recuerda sus medicamentos.
Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida. Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz.

Todo hijo es el padre de la muerte de su padre.

Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo. Nuestra última enseñanza. Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas.
Y así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres.

La primera transformación ocurre en el cuarto de baño.
Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la regadera.
La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”.
Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores. No podemos dejarlos ningún momento.
La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes. Y nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas.

Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones.
Seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación. Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados. ¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros?
Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol. Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra.

Feliz el hijo que es el padre de su padre antes de su muerte, y pobre del hijo que aparece sólo en el funeral y no se despide un poco cada día.

Mi amigo Joseph Klein acompañó a su padre hasta sus últimos minutos.
En el hospital, la enfermera hacía la maniobra para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando Joe gritó desde su asiento:
- Deja que te ayude.
Reunió fuerzas y tomó por primera a su padre en su regazo. Colocó la cara de su padre contra su pecho. Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil, tembloroso. Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable.
Meciendo a su padre de un lado al otro.
Acariciando a su padre.
Calmado el su padre.
Y decía en voz baja:
- Estoy aquí, estoy aquí, papá!

Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí".

Tomado de: Fabrício Carpinejar "Todo filho é pai da morte de seu pai" 
versión al español Zorelly Pedroza.

jueves, 25 de agosto de 2016

Fragmentos de amor furtivo (fragmento)

A propósito del reciente estreno en las salas colombianas de Fragmento de amor, película protagonizada por los actores   @Angeliquebox y @joseangelbichir coproducida por @64aFilms y #OneFilmCorporation,  quise compartir con ustedes un breve fragmento del Libro de @hectorabadf “Fragmentos de amor furtivo” para que se motiven a leer el texto y por supuesto a ver la película y de paso disfrutar del simpático cameo del autor. 


" ¿De qué hablaba Susana? Así como a los gastrónomos les encanta hablar de comida mientras comen, y además, de sobremesa, comentar no sólo lo que acaban de comer sino también los platos corrientes, maravillosos o exóticos que alguna vez probaron, así mismo, a Susana, de sobrecama, le encantaba hablar de sexo y relatar a Rodrigo tanto lo que acababa de sentir como lo que había sentido otras veces en los brazos de sus amantes del pasado. Susana quería que Rodrigo la conociera toda, entera, totalmente desnuda y con todos sus recuerdos, con todas las dichas y desdichas de su vida amorosa.

Los cuentos de Susana eran inagotables; noche a noche era capaz de empezarle una historia que se cerraba o que dejaba en punta para terminar después, otro día. Y tenía el poder de ocupar, de copar los pensamientos de Rodrigo con sus cuentos. Lo torturaban pero también lo apasionaban los interminables capítulos de su educación sentimental en la cama. No sólo en la cama: también en la playa, en el agua (dulce y salada), en hamacas, jergones, prados, tapetes, duro suelo, ramas de árboles, baños, armarios, despensas, sofás, poyos de cocina, quicios de puerta, descansos de escalera, marcos de ventana.

Tal vez había algo masoquista en el comportamiento de Rodrigo. Esas historias de Susana, que eran recuerdos, historias verdaderas vividas por ella, lo apasionaban y al mismo tiempo lo aterrorizaban. Tenía un sentimiento ambivalente. Se sentía, al mismo tiempo, curioso y feliz de descubrir los secretos de Susana, pero también inseguro. Para intentar dominar tanta información desperdigada en noches de relatos sucesivos, para intentar despejar cualquier mentira, cualquier inexactitud o incoherencia, Rodrigo resolvió convertirse en el amoroso notario de sus intimidades. Todos los días desde este tercer día, al volver a su casa, ya en la madrugada, sacaba un cuaderno y hacía una especie de acta o memorial de las palabras de la noche. Un diligente y detallado memorándum de lo que Susana iba diciendo.

Lo agobiaba una curiosidad casi malsana que lo llevaba a pedirle (disimuladamente) detalles, más detalles. Querer saber la verdad es una de las perversiones del amor, dijo un celoso. Y Rodrigo quería saber la verdad, saberlo todo, todo. A veces la angustia —que disimulaba ante ella, por temor a que se callara— se le volvía insoportable; sudaba, sentía que la sangre se le estancaba en la cabeza, creía que no iba a ser capaz de seguir oyendo, se veía ya dejado a un lado, reemplazado en el cuerpo y en el corazón de Susana por cualquiera de sus amantes malos, pésimos, óptimos, maravillosos, únicos, extraordinarios. Confundía los tiempos: todo el pasado de Susana se le convertía en futuro. Si los humanos estamos condenados a repetirnos, pensaba, lo vivido no es más que un anuncio del porvenir. Resolvía entonces que tenía que dejar de verla, así fuera a costa de parar los relatos. Pensaba en enviarle una nota de ruptura definitiva, en hacerle una llamada de corte radical, en hacer una ultimísima visita de despedida. Pero no era capaz. "


Héctor Abad Faciolince

domingo, 15 de mayo de 2016

El Maestro y el Profesor

Por tradición el día quince de Mayo, de cada año, se celebra el día del Maestro; sin embargo existen diferencias y semejanzas entre el “maestro”, el “profesor” y el “maestro profesor”.
El Maestro es algo así como un “artesano social” cuyo arte consiste en  transmitir a los demás, mediante el ejemplo, la experiencia y los conocimientos; pequeños ingredientes  que contribuyan a transformar a las personas en seres de bien, aportando conceptos valiosos para quienes reciben su enseñanza.
Para el Maestro la Enseñanza no está solo en el Aula, porque Enseñar es algo cotidiano y Universal; trasciende las fronteras escolares y navega por las aguas generosas de la sabiduría popular.
Paradójicamente todos somos Maestros, porque Maestro no es quien exhibe un título académico, sino quien ostenta en sus actos la humildad de la sabiduría Mundana; Maestro es quien de la Vida hace una Escuela; Maestro es quien perfecciona su trabajo cotidiano y lo convierte en  una actividad orientada a dar con “esplendidez”.
Por otra parte, el Profesor es una figura que se enfoca profesionalmente a la enseñanza, con especialidad en una determinada disciplina o asignatura académica, facilitando el aprendizaje, a fin de que el receptor del mensaje alcance el conocimiento de la mejor manera posible.
Sin embargo, y en adición a lo anterior, existe una figura complementaria:

El Maestro – Profesor
Este rol lo desempeñan aquellas personas que además de transmitir sus conocimientos, experiencias y conceptos, utilizan sus técnicas de enseñanza para  transmitir Valores, desafíos creativos e innovadores en sus alumnos; a efecto de que no solo les sirvan en su desempeño profesional, sino también en su vida diaria.
Bajo esta figura de “maestro – profesor”, se enseña algo de lo que se sabe, pero con el ingrediente de la generosidad y de la trascendencia.
El Maestro – Profesor enseña los “secretos” de su profesión; motiva al logro de aciertos y es capaz de hablar acerca de fracasos y éxitos personales, cuando esto último beneficia al auditorio.
El Maestro – Profesor empeña su palabra, no es capaz de defraudar a sus interlocutores y con cariño, paciencia y humildad comunica su sabiduría.
Celebrar el día del Maestro – Profesor  tiene sentido si celebramos en cada uno de nosotros el privilegio de enseñar, en el día a día, los dones que generosamente recibimos de quien todo lo Da, con un criterio de aprendizaje recíproco: Sumisos para aprender y  Humildes para Enseñar.
“El iletrado siempre tendrá algo que enseñar; el Sabio siempre tendrá algo que aprender.”

Celebrar al Maestro – Profesor es una forma de reconocer a quienes con su ejemplo y su desempeño motivan, desde hoy, a quienes el día de mañana pondrán sus conocimientos y experiencia al servicio de nuevas generaciones de docentes comprometidos con sus alumnos y con la sociedad que tanto los necesita.
Muchas felicidades a todos aquellos a quienes la vida les dio el privilegio de enseñar y la humildad para aprender de sus pupilos.

Por: M.A. Juan José Hinojosa de L

viernes, 18 de septiembre de 2015

Digo que yo no soy un hombre puro

Yo no voy a decirte que soy un hombre puro. 
Entre otras cosas, falta saber si es que lo puro existe.
O si es, pongamos, necesario.
O posible.
O si sabe bien.
¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
¡Puah!, qué porquería.
Yo no te digo pues que soy un hombre puro,
yo no te digo eso, sino todo lo contrario.
Que amo (a las mujeres, naturalmente,
pues mi amor puede decir su nombre),
y me gusta comer carne de puerco con papas,
y garbanzos y chorizos, y
huevos, pollos, carneros, pavos,
pescados y mariscos,
y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino,
y fornico (incluso con el estómago lleno).
Soy impuro ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo,
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.
Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario.
La pureza de los novios que se masturban
en vez de acostarse juntos en una posada.
La pureza de los colegios de internado, donde
abre sus flores de semen provisional
la fauna pederasta.
La pureza de los clérigos.
La pureza de los académicos.
La pureza de los gramáticos.
La pureza de los que aseguran
que hay que ser puros, puros, puros.
La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia.
La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.
La pureza del que nunca succionó un clítoris.
La pureza de la que nunca parió.
La pureza del que no engendró nunca.
La pureza del que se da golpes en el pecho, y
dice santo, santo, santo,
cuando es un diablo, diablo, diablo.
En fin, la pureza
de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro
para saber qué cosa es la pureza.
Punto, fecha y firma.
Así lo dejo escrito.
Nicolás Guillén.

sábado, 5 de septiembre de 2015

A veces hay que alejarse de ciertas personas para ser feliz

Es bastante complicado sentirse bien cuando tienes a tu lado a alguien amargándote la existencia. Hay personas que nos someten emocionalmente y apenas nos damos cuenta.

En este sentido, lo cierto es que estamos tan acostumbrados a sentirnos en la obligación de aguantar a los demás y sacrificarnos que no nos permitimos mirar por nosotros y liberarnos de este tormento.
De esta manera, tenemos que conseguir alejarnos de todo aquello que mina nuestra moral, merma nuestra autoestima y bloquea nuestra capacidad de creación. Para ello, en principio tenemos que controlar el papel que desempeñan nuestras expectativas. A estas alturas ya debemos saber que esperamos tanto de los demás que somos incapaces de aceptar la realidad tal y como es.

O sea, que nos empeñamos en mantener una imagen de los demás que somos incapaces de sostener. Esto ocurre por muchos motivos, principalmente porque la gente cambia, porque con el tiempo nos muestran su verdadera  cara, porque nosotros cambiamos o porque nos damos cuenta de la realidad.

En este contexto, lo importante es poner en orden nuestras esperanzas y analizar qué es lo que nos ha conducido hasta la agonía emocional que vivimos. Sea como sea, alejarse de alguien o de algo  y tomar perspectiva es un proceso lento y, en ocasiones, doloroso.

Por eso, tenemos que armarnos de valor y comprender que todo redundará en un beneficio, a pesar de que al principio nos cueste entenderlo como tal. Cuando logramos salir de este tipo de ambientes, el cambio y el orgullo que sentimos es inmenso.

Obsequia a quien te daña con tu indiferencia

Cuando nos percatamos de que alguien nos está ahogando emocionalmente sentimos la necesidad de huir. En este sentido, hay veces que no podemos llevar a cabo una fuga física, pues la persona que nos amarga pertenece a nuestra familia o a nuestro entorno laboral, por ejemplo.
Sea no posible la huida, lo importante es alcanzar la capacidad de ignorar emocionalmente a esas personas que nos están haciendo daño. O sea, tenemos que regalarles, como compensación, nuestra ausencia.
En realidad esto no es para nada sencillo, ya que al principio genera dentro de nosotros un conflicto importante. Sin embargo, jugamos con la ventaja de conocer a nuestro “enemigo”, lo que nos ayuda a predecir sus comportamientos y actuar en consecuencia.
Esto es útil para gestionar los primeros momentos a la hora de trabajar nuestra indiferencia… Mientras tanto debemos conseguir querernos y reafirmarnos, ayudando a nuestras emociones a protegerse de los intercambios tóxicos. En definitiva, que debemos aspirar a ignorar ciertas actitudes dañinas como las siguientes:

1. Las críticas. Solo nosotros podemos darle validez a las opiniones de los demás. Hay gente que se pasa la vida opinando de manera infundada y sin ningún criterio sobre nuestras decisiones y nuestra vida. Sabiendo esto, párate a pensar si lo que esa persona a dicho te aporta algo positivo o no.
2. El egoísmo. Vivimos en un mundo en el que, tristemente, los intereses y los egoísmos  desempeñan un papel más que relevante. De hecho, nos han enseñado a ser individualistas en exceso, por lo que no es de extrañar que nos encontremos siendo marionetas de las pretensiones de los demás.
3. El autoensalzamiento y el menosprecio. Hay personas verdaderamente capaces de frustrar a los demás haciéndoles sentir menos capaces y mermando su autoestima. Así, podemos encontrarnos con alguien que ensalza su exclusividad o pretende hacernos creer que nosotros nunca conseguiremos algo. Ten muy claro que la potestad sobre tus logros la tienes tú, no los demás.
 
Piensa que no tiene mucho sentido seguir aguantando que alguien te bombardee con mensajes negativos, no te machaques mas de lo inevitable y date cuenta que no todo el mundo tiene siempre buenas intenciones. Recuerda que la vida es demasiado corta como para respirar angustiado.

Nadie tiene derecho a pensar y decidir por ti. Esa es gente tóxica y negativa. Una cosa es ayudarte y otra anularte.

Adaptado de: http://rincondeltibet.com/

jueves, 13 de agosto de 2015

Alguna vez fui otro.

Alguna vez he llorado desde dentro y hacia dentro,
y me he clavado el dolor en los daños para evitar que otros sufran,
y he mentido sin mentirme, 
y he reído sin reírme, 
algunos se dieron cuenta, 
se vistieron de “conmigo”,
y rieron sin reírse, 
y lloraron desde dentro y hacía dentro, 
otros en cambio miraron,
pero no pudieron ver, 
o no quisieron,
se vistieron de “consigo”,
y se saciaron de nada,
y nada dieron a cambio.
Alguna vez he sentido el más cruel de los daños,
ese que percibe el alma en el sufrir del “contigo”,
en lágrimas de otra alma,
cuando el silencio es quien grita,
y el consuelo esta escondido en el envés del olvido,
en tiempos que el propio tiempo dormitará en los recuerdos,
en las huellas imborrables de los surcos de antaño,
alguna vez he querido,
y me he sentido querido,
otras en cambio he fingido,
y me he sentido fingido,
odiando al falso cariño,
al que se entrega mentido,
al que habita en el “a cambio” de un acuse de recibo,
alguna vez fuí “alguno“,
viví en la piel del “conmigo”,
del “contigo”,
otras en cambio fui otro,
morí en la piel del “a cambio“,
que sólo entiende el “consigo”

D.R.A

viernes, 22 de agosto de 2014

Autobiografìa en cinco Actos

 

                                                  Acto 1.

Bajo por la calle.
Hay un hoyo profundo en la acera.
Me caigo dentro,
Estoy perdido... me siento impotente.
No es culpa mía.
Tardo una eternidad en salir de el.


Acto 2. 

Bajo por la misma calle.
Hay un hoyo profundo en la acera:
Finjo no verlo.
Vuelvo a caer dentro.
No puedo creer que esté en el mismo lugar.
Pero no es culpa mía.
Todavía me lleva mucho tiempo salir de él.

Acto 3. 

Bajo por la misma calle.
Hay un hoyo profundo en la acera:
Veo que está allí.
Caigo en él de todos modos... en un hábito.
Tengo los ojos abiertos.
Sé donde estoy.
Es culpa mía.
Salgo inmediatamente de él. 

Acto 4. 

Bajo por la misma calle.
Hay un hoyo profundo en la acera:
Paso por el lado.

Acto 5.

Bajo por otra calle.

viernes, 18 de abril de 2014

Punto final a un incidente ingrato
Por Gabriel García Márquez

Nunca, desde que tengo memoria, he dado las gracias por un elogio escrito ni me he contrariado por una injuria de prensa. Es justo, cuando uno se expone a la contemplación pública a través de sus libros y sus actos, como yo lo he hecho, que los lectores puedan disfrutar del privilegio de decir lo que piensan, aunque sean pensamientos infames. Por eso renuncié hace mucho tiempo al derecho de réplica y rectificación --que debía considerarse como uno de los derechos humanos-- y, desde entonces, en ningún caso y ni una sola vez en ninguna parte del mundo he respondido a ninguno de los tantos agravios que se me han hecho, y de un modo especial en Colombia. Me veo obligado a permitirme ahora una sola excepción, para comentar los dos argumentos únicos con que el Gobierno ha querido explicar mi intempestiva salida de Colombia la semana pasada. Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros destinos.
La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha condenado a vivir como un fugitivo. No asisto nunca a actos públicos ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia, no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que no tengo corazón para decirles que no.
Esta determinación de no convertirme en un espectáculo público me ha permitido conquistar la única gloria que no tiene precio: la preservación de mi vida privada. A toda hora, en cualquier parte del mundo, mientras la fantasía pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír. He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política.
He dicho alguna vez que todo honor se paga, que toda subvención compromete y que toda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi vida social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados. Hace muchos años, cuando era crítico de cine y estaba sometido a la presión de los exhibidores, conservaba siempre el pase de favor para demostrar que no había sido usado, y pagaba la entrada. No acepto invitaciones de viajes con gastos pagados.
El boleto de nuestro vuelo a México de la semana pasada --a pesar de la gentil resistencia de la embajadora de aquel país en Colombia-- lo compramos con nuestro dinero. Pocos días antes, sin consultarlo conmigo, un amigo servicial le había pedido al alcalde de Bogotá que hiciera cambiar el horario del racionamiento eléctrico en mi casa, pues coincidía con mi tiempo de trabajo, y tengo un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica. El alcalde le contestó, con toda la razón, que Balzac era mejor escritor que yo y, sin embargo, escribía con velas. Al amigo que me lo contó indignado le repliqué que el señor alcalde cumplió con su deber, y que contestó lo que debía contestar.
La gente que me conoce sabe que esta es mi personalidad real, más allá de la leyenda y la perfidia, y que si quedé mal hecho de fábrica ya es demasiado tarde para volverme a hacer nuevo. De modo que no, ilustres oligarcas de pacotilla: nadie se construye una vida así, con las puras uñas, y con tanto rigor minuto a minuto, para salir de pronto con el chorro de babas de asilarse y exiliarse sólo para vender un millón de libros, que además ya estaban vendidos.
El segundo cargo, que me fui de Colombia con el único propósito de desprestigiar al país, es todavía menos consistente. Pero tiene el mérito de ser una creación personal del presidente de la República, aturdido por la imagen cada vez más deplorable de su Gobierno en el exterior. Lo malo es que me lo haya atribuido a mí, pues tengo la buena suerte de disponer de dos argumentos para sacarlo de su error.
El primero es muy simple, pero quiero suplicar que lo lean con la mayor atención, porque puede resultar sorprendente. Es este: en ninguna de mis ya incontables entrevistas a través del mundo entero --hasta ahora-- no había hecho nunca ninguna declaración sobre la situación interna de Colombia, ni había escrito una palabra que pudiera ser utilizada contra ella. Era una norma moral que me había impuesto desde que tuve conciencia del poder indeseable que tenía entre manos, y logré mantenerla, contra viento y marea, durante casi treinta años de vida errante. Cada vez que quise hacer un comentario sobre la situación interna de Colombia lo vine a hacer dentro de ella o a través de nuestra prensa. El que tenga una evidencia contra esta afirmación le suplico que la haga conocer de inmediato, de un modo serio e inequívoco y con pruebas terminantes. Pues también suplico a mis lectores que si esas pruebas no aparecen, o no son convincentes, lo consideren y proclamen desde ahora y para siempre como un reconocimiento público de mi razón.
El segundo argumento es todavía más simple, y no ha dependido tanto de mí como de la fatalidad. Es este: tengo el inmenso honor de haberle dado más prestigio a mi país en el mundo entero que ningún otro colombiano en toda su historia, aun los más ilustres, y sin excluir, uno por uno, a todos los presidentes sucesivos de la República. De modo que cualquier daño que le pueda hacer mi forzosa decisión lo habría derrotado yo mismo de antemano, y también a mucha honra.
En realidad, el Gobierno se ha atrincherado en esas dos acusaciones pueriles, porque en el fondo sabe que mi sentido de la responsabilidad me impedirá revelar los nombres de quienes me previnieron a tiempo. Sé que la trampa estaba puesta y que mi condición de escritor no me iba a servir de nada, porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de represión de Colombia no hay valores intocables. O como dijo el general Camacho cuando apresaron a Luis Vidales: «Aquí no hay poeta que valga». Mauro Huertas Rengifo, presidente de la Asamblea del Tolima, declaró a los periodistas y se publicó en el mundo entero que el Ejército me buscaba desde hacía diez días para interrogarme sobre supuestos vínculos con el M-19. El único comentario que conozco sobre esa declaración lo hizo un alto funcionario en privado: «Es un loquito». En cambio, el primer guerrillero que se declaró entrenado en Cuba provocó, de inmediato, la ruptura de relaciones con ese país. Pero hay algo no menos inquietante: a la medianoche del miércoles pasado, cuando mi esposa y yo teníamos más de seis horas de estar en la Embajada de México en Bogotá, el Gobierno colombiano fue informado de nuestra decisión, y de un modo oficial, a través del secretario general de la cancillería colombiana, el coronel Julio Londoño. A la mañana siguiente, cuando la noticia se divulgó contra nuestra voluntad, los periodistas de radio entrevistaron por teléfono al canciller Lemos Simonds y éste no sabía nada. Es decir: casi ocho horas después aún no había sido informado por su subalterno. El ministro de Gobierno, aún más despalomado, llegó hasta el extremo de desmentir la noticia. La verdad es que las voces de que me iban a arrestar eran de dominio público en Bogotá desde hacía varios días y --al contrario de los esposos cornudos-- no fui el último en conocerlas. Alguien me dijo: «No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad». Pero lo que me convenció por fin de que no era un simple rumor de altiplano fue que el martes 24 de marzo, en la noche, después de una cena en el palacio presidencial, un alto oficial del Ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19». En otra reunión diferente, esa misma noche, se comentó como una evidencia comprometedora un viaje que Mercedes y yo hicimos de Bogotá a La Habana, con escala en Panamá, del 28 de enero al 11 de febrero. El viaje fue cierto y público, como los tres o cuatro que hacemos todos los años a Cuba, y el motivo fue una reunión de escritores en la Casa de las Américas, a la cual asistieron también otros colombianos. Aunque sólo hubiera sido por la suposición escandalosa de que ese viaje tuvo alguna relación con el posterior desembarco de guerrilleros, habría tomado precauciones para no dejarme manosear por los militares. Pero hay más, y estoy seguro de que el tiempo lo irá sacando a flote.
La forma en que la prensa oficial ha tratado el incidente está ya sacando algunas, y más de lo que parece.
Ha habido de todo para escoger. Jaime Soto --a quien siempre tuve como un buen periodista y un viejo amigo a quien no veo hace muchos años-- explicó mi viaje en la forma más boba: «El que la debe la teme». Sin embargo, el comentario más revelador se publicó en la página editorial de El Tiempo, el domingo pasado firmado con el seudónimo de Ayatolá. No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre.
A pesar de su propósito criminal, es una nota importante, pues en ella aparece por primera vez, en una tribuna respetable de la prensa oficial, la pretensión de establecer una relación precisa, incluso cronológica, entre mi reciente viaje a La Habana y el desembarco guerrillero en el sur de Colombia. Es el mismo cargo que los militares pretendían hacerme, el mismo que me dio la mayoría de mis informantes, y del cual yo no había hablado hasta entonces en mis numerosas declaraciones de estos días. Es una acusación formal. La que el propio Gobierno trató de ocultar, y que echa por tierra, de una vez por todas, la patraña de la publicidad de mis libros y la campaña de desprestigio internacional. Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad.
No puedo terminar sin hacer una precisión de honestidad. Desde hace muchos años, El Tiempo ha hecho constantes esfuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, El Tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político.
En ambos extremos, El Tiempo ha hecho su oficio sin que yo haya intentado nunca ninguna réplica de ninguna clase, ni para dar las gracias ni para protestar. Desde hace más de treinta años, cuando todos éramos jóvenes y creíamos --como yo lo sigo creyendo-- que nada hay más hermoso que vivir, he mantenido una amistad fiel y afectuosa con Hernando y Enrique Santos Castillo --a quienes quiero bien a pesar de nuestra distancia, porque he aprendido entenderlos bien-- y con Roberto García Peña, a quien tengo por uno de los hombres más decentes de nuestro tiempo. Quiero suplicarles que digan a sus lectores si alguna vez les he hecho un reclamo por las injurias de su periódico, si alguna vez he rectificado en público o en privado cualquiera de sus excesos, o si éstos han alterado de algún modo mi sentido de la amistad. No; he tenido la buena salud mental de tratarlos como si ellos no tuvieran nada que ver con un periódico que siempre he visto como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo, está vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. Me pregunto, al cabo de tantos años, si yo también no me equivoqué al tratar de dividir la personalidad de sus domadores.
De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero.

sábado, 29 de marzo de 2014

SABIDURÍA DE VIEJA...


"Mira, mija, pa´que dejes de andar quejándote, te voy a dar unas cuantas sugerencias pa' que vivas bien, y no nomás sobrevivas...
¡Mírame a mí, estoy en la flor de la vida y me sigo riendo !

1.- Agradece por todo
No te quejes, dale gracias a Dios que estás, que sigues, y que vives,
nomás piensa que a otra bola de gente ya se la llevó...¡la vida!

2.- Cuando puedas comer... come,
cuando puedas dormir... duerme,
cuando puedas disfrutar... disfruta,
cuando puedas trabajar ....trabaja,
y si aún puedes, échate unos traguitos, juega con los hijos, haz el amor o ponte a silbar, a cantar en la ducha, y dá gracias a Dios porque tienes Salud.
No te la pases quejando,

¡¡ayyy si hubieraaaa!, ¡¡ayyy les di! ...¡ayyy si tuviera... ¡cuánto sacrificio!, ¡no mijita, altas y bajas siempre han habido y siempre habrán!

3.- Si en la noche no puedes dormir,
sí estás vuelta y vuelta en la cama,
pos' párate y ponte a hacer algo, arregla un cajón, plancha tu blusa pa mañana, ponte a leer,
porque si te quedas acostada con los ojos abiertos...
¡vas pensar puras huevadas!
Y lo pior es que te paras y las haces...
Ya de por sí......

4.- Los problemas grandotes, esos que son del mundo, y que se oyen en la televisión, que sí se está calentando el planeta, que sí a tal país ya se le llevaron los dineros, que si los narcos.....
¿esos mija?, mándalos a la m........
¡¡no los vas a arreglar tú!
Luego ni les entiendes, ¡no te hagas bolas!
Deja que los que pueden, los arreglen.
Pero tú... ocúpate de los que se ven más chiquitos, esos que sí están en tus manos.
Despabílate, aunque sea a ratos, atiende esos, los demás ¡¡a la p…. madre!!

5.- Si te dan... agarra todo lo que te den.
Agárralo, aprovéchalo, así sea un beso o una pendejadita,
porque uno vive pensando, que las cosas las genera uno, pero no sabes de qué forma te llegan...
¡así que tú agarra y no te acobardes!

6.- ¡Ahhh! pero eso si..
¡No agarres lo que no es tuyo¡
ni la bicicleta, ni la bolsa, ni el dinero, ni al marido o amante de otra, lo ajeno respétalo, es de otra, cada quien tiene lo suyo, ¡lo que se gana y lo que se merece!

7.- Lo que hagas
hazlo con ganas, con muchas ganas y mucho gusto,
y hazlo bien o no lo hagas
y déjate de pendejadas,
olvídate de las envidias
tú ...a lo tuyo porque no sabes cuánto vales...

8.- Cuídate de las cabronas y aléjate de las pendejas, fíjate bien como son ....porque ¡¡hay malvadas!,
conócelas y nunca seas como ellas..

Ayuda y escucha a tus amigas,
no hables mal de la gente, ni de las cabronas, ni de las pendejas,
sé orgullosa, pero no seas arrogante ni prepotente.

Sé humilde, no agachada;
sé valiente, no imprudente.
Cuando ganes, sonríe, cuando pierdas, no armes un escándalo, y si te da la gana... llora.

9.- Nunca te preocupes por lo que no tienes, por lo que no puedes comprar,
cuántas cabronas que tienen todo el dinero del mundo están en la cárcel, enfermas de la cabeza, o guardadas en un hospital, asustadas e inseguras, o tienen un marido pendejo, no son felices, no saben comunicarse, no tienen una familia como la tuya.

Tú tienes algo más valioso que es ....tu gente y tu salud.

10.- Manda a la mierda la Muerte
que sea ella la que se preocupe por no poderte llevar,
y no seas tú la que se preocupe porque ya te va a llevar!

¿Así ?, ¿o más claro?

Y, por último, mijita, si la vida te dá limones ...
¡¡ Qué limonada, ni qué mierda¡¡


''TU PIDE TEQUILA Y SAL''
(Autor Desconocido)

jueves, 27 de junio de 2013

Nuestro valor

Un profesor enseña un billete de $50.000 y le dice a sus alumnos: "¿A Quién le gustaría tener este billete? " todos los alumnos levantan la Mano.
Arruga el billete y le pregunta: ¿Siguen queriéndolo? Las manos suben de nuevo. 

Él lanza el billete arrugado en el suelo, salta encima y dice: "¿ Aun lo quieren? "  Los alumnos levantan la mano.
Entonces les dijo:
Mis estimados estudiantes, ustedes han aprendido una lección muy importante hoy:
Aunque he arrugado el billete, lo he pisoteado y lo he lanzado al suelo, sin embargo todos quieren todavía tenerlo, porque su valor no ha cambiado, sigue con un valor de $50.000.

Muchas veces en la vida, a ustedes los van a ofender,  muchas personas los van a rechazar y los acontecimientos cotidianos los sacudirán. Pueden sentir que ya no valen nada, pero SU VALOR no cambiará NUNCA para la gente que realmente los quiere. Incluso en los días en que estén  en su peor momento, Su valor sigue siendo el mismo.

No duden de su valor, valemos siempre igual, o mas. Nunca, pero nunca, nuestro valor será menos.

sábado, 23 de febrero de 2013

Las ventanas rotas. Psicología Social.

En 1969, en la Universidad de Stanford, (USA), el Prof. Phillip Zimbardo realizó un experimento de psicología social. Dejó dos autos abandonados en la calle, dos autos idénticos, la misma marca, modelo y color.

Uno lo dejó en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York, y el otro en Palo Alto, una zona rica y tranquila de California. Dos autos idénticos, abandonados, dos barrios con poblaciones muy diferentes, y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente en cada lugar.

El auto del Bronx comenzó a ser vandalizado en pocas horas, ya sea robándose lo utilizable o destruyendo el resto. El de Palo Alto se mantuvo intacto.

Es común atribuir a la pobreza las causas del delito, postura en la que coinciden las posiciones ideológicas más conservadoras (de derecha y de izquierda).

Pero el experimento no finalizó allí. A la semana, cuando el auto del Bronx estaba deshecho y el de Palo Alto impecable, los investigadores rompieron el vidrio de este último. Como resultado, se desató el mismo proceso que en el Bronx: robo, violencia y vandalismo. ¿Por qué un vidrio roto en el auto del barrio supuestamente "seguro" desata un proceso delictivo?

Es que no se trata de pobreza. Es evidentemente algo que tiene que ver con la psicología humana y con las relaciones sociales. Acá viene lo interesante: un vidrio roto en un auto abandonado transmite una idea de deterioro, desinterés, despreocupación, que va rompiendo códigos de convivencia. Es como una sensación de ausencia de ley, de normas, de reglas, algo así como que "vale todo". Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional.

En experimentos posteriores, (James Q. Wilson y George Kelling), desarrollaron la "teoría de las ventanas rotas, la misma que desde un punto de vista criminológico, concluye que el delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores.

Si se rompe el vidrio de una ventana de un edificio y nadie lo repara, pronto estarán rotos todos los demás.

Si una comunidad exhibe signos de deterioro y esto parece no importar a nadie, entonces allí se generará el delito.

Si se cometen pequeñas faltas (estacionar en lugar prohibido, exceso de velocidad o no respetar luz roja), y las mismas no son sancionadas, entonces comenzarán faltas mayores y luego delitos cada vez más graves.

Si permitimos actitudes violentas como algo normal en el desarrollo de los niños, el patrón de desarrollo será de mayor violencia cuando estas personas sean adultas.

Si los parques y otros espacios públicos deteriorados son progresivamente abandonados por la mayoría de la gente (que deja de salir de sus casas por temor a los asaltos), serán los delincuentes quienes ocuparán esos espacios.

La teoría de las ventanas rotas fue aplicada por primera vez a mediados de la década del 80 en el Metro de Nueva York, en aquellos años el lugar más inseguro de la ciudad. Se comenzó de lo pequeño a lo más grande: grafitis, suciedad, ebriedad, evasiones del pago de pasajes, pequeños robos y desórdenes. Los resultados fueron evidentes, lográndose hacer del subte un lugar seguro.

En los ?90, Rudolph Giuliani, sobre la base de las "ventanas rotas" y el Metro, impulsó una teoría de "tolerancia cero". La estrategia consistía en crear comunidades limpias y ordenadas, no permitiendo transgresiones a la ley y a las normas de convivencia urbana. El resultado práctico fue un enorme abatimiento de todos los índices criminales de la ciudad de Nueva York.

Cabe aclarar, para la gente de pensamiento "progre", que la expresión "tolerancia cero", si bien podría sonar a una especie de solución autoritaria y represiva, su concepto principal radica en la prevención y promoción de condiciones sociales de Seguridad. No se trata de "linchar al delincuente". No se trata de avalar la prepotencia policial, ya que de hecho, también puede aplicarse la "tolerancia cero" respecto de los abusos de autoridad. No se trata de "tolerancia cero""frente a la persona que comete el delito sino frente al delito mismo.

Se trata de crear comunidades limpias, ordenadas, respetuosas de la ley y de los códigos básicos de la convivencia social humana.

Es bueno volver a leer esta teoría y de paso difundirla. La solución a este problema YO NO LA TENGO, ESTIMADO LECTOR pero he comenzado a reparar las ventanas de mi casa, estoy tratando de mejorar los hábitos alimenticios de mi familia, le he pedido a todos los miembros de la familia que evitemos decir malas palabras delante de nuestros hijos, también hemos acordado no mentir, ni siquiera mentiras pequeñas, porque no hay mentiras pequeñas, ni grandes, una mentira es una mentira y punto, hemos acordado aceptar las consecuencias de nuestros actos con valor y responsabilidad, pero sobre todo dar una buena dosis de educación a nuestros hijos, con esto espero comenzar a cambiar en algo lo que antes hubiera hecho mal, he soñado que los míos algún día repitan esto el día de mañana, con la finalidad de que los hijos de mis hijos, o los nietos de mis hijos vean algún día, un nuevo Mundo, un Mundo sin ventanas rotas.



Texto adaptado de
Juan Carlos Aiello - Licenciado en Estrategia y Organización Empresarial.

domingo, 23 de diciembre de 2012

¡Feliz Navidad!


Es La peor de las épocas.
Es la mejor de las épocas.
Es el tiempo de la locura.
Es el tiempo de la lucidez.
Es el invierno de la desesperación.
Es la primavera de la esperanza.
No tenemos nada ante nosotros.
Lo tenemos todo ante nosotros.
¡Es Navidad!
Charles Dickens.

La Navidad es algo más que risas, regalos y adornos. Es la alegría de compartir sueños, esperanzas y felicidad con aquellas personas que más queremos.
Felices fiestas

martes, 4 de diciembre de 2012

Bambú

En un periodo de solo seis semanas la planta de bambú crece más de treinta metros ¿Tardó entonces solo seis semanas en crecer?

No. La verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.  No pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.

Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años. 

Sin embargo en la vida diaria muchas veces tratamos de encontrar atajos, soluciones rápidas y triunfos apresurados, sin entender nunca que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que este requiere tiempo.